miércoles, 30 de abril de 2008

La esfera de la luna

Tengo buenas y malas noticias para vos:
La belleza es lo que te da felicidad. Indio Solari

Nuestro miedo más profundo no es el de ser inadecuados.
Nuestro miedo más profundo es el de ser poderosos más allá de toda medida. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que nos asusta. Nelson Mandela.


Lo que se ve de la verdad es su resplandor: la belleza. Alejandro Jodorovsky.





¿Qué es una excusa?. El diccionario de la Real Academia Española dice que "excusa" es: Motivo o pretexto que se invoca para eludir una obligación o disculpar una omisión. Este significado, así como el etimológico de esta palabra, relacionado con acusación de donde deriva excusación y de allí excusa , nos remite a la idea de disculpa, aplicable tanto a un motivo real como a uno simulado. En el habla cotidiana, la palabra excusa se usa con una connotación más cercana a la justificación y se aplica generalmente a los casos en los que el grado de veracidad de los motivos aducidos aparece por lo menos como dudoso. La equiparación entre motivo real y aparente que aparece en las definiciones de diccionario nos permite plantearnos la pregunta: ¿Cuando una excusa no es mentirosa, sirve para exculparnos totalmente por nuestra "falta"?
Supongamos que planeé hacer algo, o me comprometí a hacer algo y no cumplí. Mis motivos para no haberlo hecho pueden tener diferentes grados de justificación, pero lo importante es que no hice lo que dije que iba a hacer. Los grados de justificación tienen que ver con la mayor o menor sinceridad con la que elaboro el relato acerca de mi no cumplimiento, relato destinado a mí o a algún otro con quien me había comprometido. Ya sea para mi fuero íntimo o para los demás, tengo opciones que van desde la mentira más flagrante a la verdad más certificable y sin embargo todas ellas pueden ser consideradas como justificaciones relativas.
Me comprometí, por ejemplo, a concurrir a un encuentro con cualquier fin y no lo hice. Desde el extremo más "mentiroso" al más "justificable" puede haber sucedido que no concurriera sencillamente por no haber tenido ganas y luego alegara una enfermedad para disculparme por la ausencia, hasta el hecho de haber estado realmente enferma y haber alegado la verdad, y en ambos casos se trata de una situación de no cumplimiento de lo acordado. (Entre estos extremos podemos ubicar una amplia gama de inconvenientes dudosamente inevitables como problemas en el tránsito, cuestiones meteorológicas, etc.) No todas las excusas tienen el mismo grado de lesividad para con nuestra propia confianza o para la confianza que pudieran tenernos los demás, pero si lo que pretendemos es extraer de cada experiencia lo que tiene de útil para nuestro crecimiento, el planteo que más material de trabajo puede aportarnos es el análisis del hecho de que existió un incumplimiento y que allí hubo algún grado de elección de nuestra parte.
Un episodio de la Divina Comedia puede servirnos para pensar sobre este tema: cuando Dante llega por fin al Paraíso, ve con sorpresa que está constituido por varias esferas sucesivas tales que las últimas van disminuyendo jerárquicamente respecto de las primeras y van recibiendo el poder que emana desde arriba: "La gloria de aquel que todo mueve penetra el Universo y resplandece en una parte más y en otra menos" dice Dante, y agrega: "Ví claramente entonces cómo el cielo es todo Paraíso pero la gracia del sumo bien no llueve de igual modo". La esfera que está más alejada de Dios, la que menos luz recibe y más lentamente gira es la "esfera de la Luna". La esfera de la Luna forma parte del Paraíso, pero es "la más tarda esfera", es "bienaventurada en el más inferior grado". En esta esfera, Dante conoce a Piccarda, una bella muchacha que le cuenta que se encuentra allí por haber faltado a sus votos. Piccarda relata que en su juventud ingresó en un convento prometiendo seguir el camino de Santa Clara, pero fue raptada del claustro por orden de su hermano y obligada a casarse con un señor despótico y poderoso. No pudo cumplir su promesa porque una fuerza externa superior a ella se lo impidió y sin embargo no accedió a las esferas más altas del cielo. Piccarda explica: "nos ha sido dado este destino, que tan bajo parece, pues quebramos nuestros votos, que en parte fueron vanos".
Seguramente alcanzar el más alto de los cielos no es una motivación cotidiana para nuestros actos, pero este relato puede ser una buena metáfora para tratar la cuestión de las excusas: faltar a nuestros compromisos y luego mentir acerca de nuestros motivos puede llevarnos al Infierno; comprometernos y no cumplir por causas de "fuerza mayor", nos permitiría salvarnos, pero en un cielo apenas "de segunda".
No se si este mundo de distintos grados de infiernos y paraísos existe en algún otro plano, pero me consta que existe aquí, en el ámbito de nuestras relaciones con nosotros y con los que nos rodean. He dado y he recibido excusas mentirosas, me consta la sensación espantosa de sentir que me estan mintiendo y no decir nada y la sensación más desagradable aún de ver la expresión de quien se siente engañado por mí y no lo dice. Situaciones en las que sabemos que nos estamos negando y elegimos disimular y hacer como que nos creemos.
También me constan momentos de paraísos de máxima sinceridad, en los que ni yo ni los otros nos sentimos perfectos, quizás ni siquiera nos sentimos haciendo lo correcto, pero elegimos mostrarnos como estamos siendo, "autodenunciarnos" en nuestro verdadero estado y aceptar lo que nos está pasando. A esos paraísos aspiro aunque no puedan darse frecuentemente.
Podemos elegir creer que nuestros incumplimientos están justificados por motivos de peso, pero a partir del desarrollo de los nuevos paradigmas de concepción del mundo, que nos llevan a concebirnos como administradores de nuestros recursos internos y externos, se relativiza la posibilidad de vernos, como dice Marilyn Ferguson en La Conspiración de Acuario, "como víctimas o como peones". Cada vez nos resulta más difícil considerarnos limitados por condiciones o condicionamientos, y considerar como venido de afuera a aquello que nos sucede y que impide que hagamos lo que prometimos . No se trata de juzgar nuestras conductas para "clavarnos puñales", sino de observarnos para conocer algo más sobre nuestras necesidades e intereses, los patrones que nos "formatean" y las formas de funcionamiento de nuestro sistema de creencias, con la consiguiente posibilidad de ampliar nuestra visión.
Puede que, en lugar del alivio transitorio que puede proporcionarnos una autodisculpa que sospechamos inmerecida, esta alternativa nos ofrezca como premio la posibilidad de ir acercándonos a la "belleza que nos da felicidad" o "la luz que nos permita ser poderosos sin asustarnos" o, en suma, de caminar hacia las esferas más altas.


Aire y luz y tiempo y espacio

Charles Bukowsky

ya sabes, la familia, el trabajo,
siempre ha habido algo
en mi camino
pero ahora
he vendido mi casa, he encontrado este
sitio, un estudio grande, tienes que ver que espacio y
qué luz.
por primera vez en mi vida voy a tener un sitio y tiempo para
crear.

no, nene, si vas a crear
crearás aunque trabajes
16 horas diarias en una mina de carbón
o
crearás en un cuarto pequeño con 3 niños
mientras que no cobras más que
el paro.
crearás como parte de tu mente y de tu
cuerpo
destrozados.
crearás ciego
mutilado
demente,
crearás con un gato subiéndote por la espalda mientras
la ciudad entera se estremece ante un terremoto, un bombardeo,
una inundación, un incendio.

nene, aire y luz y tiempo y espacio
no tienen nada que ver con la creación y no crean nada
más que, quizás, una vida mas larga para
encontrar nuevas
excusas para no hacerlo.


viernes, 28 de marzo de 2008

“Cabeza” / “corazón”: un diálogo posible


¿En que sitio del entretejido de deseos,

que aparentan pertenecerme, y digo que son míos,

se aloja lo que yo llamo yo? Rubén León Makinistian


No somos dueños del corazón que se enamora de la persona equivocada, pero sí somos dueños
del dedo que la llama por teléfono
. Alejandro Dolina




¿Enojarse está mal? No siempre. Depende de cuando, con quién y cómo nos enojemos. En ciertas circunstancias, un grito puede ser eficaz, pero a veces nos queda la sensación de habernos enojado en el momento menos conveniente, con la persona equivocada, o de haber reaccionado
de la peor de las maneras. En esos momentos daríamos cualquier cosa por no haber dicho lo que dijimos, por no haber dado el portazo que dimos, o por no haber lastimado como
lastimamos. ¿Preocuparse está mal? No siempre. La preocupación puede ser sumamente útil cuando nos lleva a tener en cuenta qué cosas podrían salir mal y a ensayar posibles respuestas para esos casos. Quien no tomara en cuenta la posibilidad de complicaciones en relación a sus proyectos, podría resultar sorprendido con cuestiones que hubiera sido posible prever y solucionar a tiempo. Pero a veces, las preocupaciones parecen tomar vida propia y se convierten en una invasión de pensamientos ansiosos acerca de lo que nos preocupa. Partimos de una idea sobre un posible problema y de pronto nos encontramos imaginando las peores tragedias. Tratamos de razonar, pero la corriente “negra” nos arrastra. A veces nos parece que mientras estemos preocupados por alguien lo protegemos y que el sólo hecho de anticiparnos con el pensamiento a las horribles cosas que puedan sucederle, hará que no le sucedan.
¿Estar triste está mal? No necesariamente. La tristeza, el pesar, la melancolía, resultan útiles para sobrellevar una pérdida. Quienes estudian la fisiología de las emociones, aseguran que la pena produce una caída en la energía, un enlentecimiento del metabolismo que permiten que nos quedemos “quietos”, reflexionemos acerca de lo sucedido y planeemos nuevos cursos de acción. Pero a veces, parece que nos “encariñáramos” con esta sensación y la prolongáramos más de lo necesario. En esos momentos nos cerramos a la posibilidad de ayuda y rechazamos cualquier gesto de quienes tratan de darnos una mano.
¿Podemos hacer algo para que las emociones no nos manejen? Corrientemente, se suele pensar al humano como un ser racional, y los humanos solemos estar orgullosos de la facultad de la razón, que nos distingue de los animales; sin embargo, las emociones juegan un papel preponderante en nuestra conducta. Existe un entrelazamiento cotidiano entre razón y emoción que constituye nuestro vivir, por lo que no nos sería posible “extirparnos” lo irracional que hay en nosotros y actuar como el razonamiento nos dicta, pero sí parece factible fomentar un diálogo inteligente entre la cabeza y el corazón.
Desde la “Inteligencia emocional”, por ejemplo, se habla de la posibilidad de alfabetizar nuestras emociones, aprendiendo a reconocerlas, distinguirlas y nombrarlas ( con los nombres de las distinciones que en nuestra cultura se hicieron para describirlas); entrenándonos en ver los vínculos existentes entre pensamientos, sentimientos y reacciones; analizar las consecuencias posibles de nuestros actos y aplicar todo esto a la hora de actuar.
Según el biólogo chileno Humberto Maturana, “
el ser humano puede realizar una mirada sobre su emocionar, puede reflexionar porque tiene el lenguaje”. Utilizando esta facultad nos es posible al menos ensayar formas de actuar que no nieguen ni desconfirmen estas perturbaciones que sentimos en el cuerpo, pero tampoco nos dejen a merced de “lo que sentimos” y nos lleven a actuar en una forma “espontaneísta”, que puede provocarnos y provocar sufrimiento innecesario.

martes, 12 de febrero de 2008

Disculpe las molestias...estoy en construcción





Me declaro imperfecto/pateando la sombrilla/prefiero ser abierto/a pasearme anunciando/que soy la maravilla Silvio Rodriguez

No me pidas que no piense/en voz alta por mi bien/ni que me suba a un taburete/si quieres probaré a crecer Joan Manuel Serrat


No hablo del Mal cuyo limitado imperio es la ética; hablo del infinito… Jorge Luis Borges





“Los atributos de impeccabilitas y de humanitas no son compatibles”* Todos somos imperfectos, y lo sabemos, pero ¿Cómo influye esto que sabemos en nuestras conductas?
Solemos, aún con dificultades, reconocer que no puede esperarse que los niños “se conduzcan con propiedad”, porque “todavía están aprendiendo”, pero consideramos que a partir de cierta edad, debemos o deberíamos comportarnos como adultos. Cuando nos pedimos conductas adultas, nos referimos en general a la capacidad de demorar las gratificaciones (no nos tiramos encima de lo que deseamos, aunque nos estemos muriendo de ganas), a la posibilidad de reflexionar antes de actuar (no hacemos ni decimos lo primero que se nos cruza), a la actitud de sostener nuestros dichos, o cumplir nuestros compromisos. Pero, ¿A partir de qué momento de nuestras vidas pasamos a considerarnos graduados en estos temas?: ¿Luego de terminada la escuela?, ¿Después de pasada la adolescencia?, ¿Cuando nace nuestro primer hijo? Aunque no sepamos muy bien cuál es el hito en el pasaje al mundo adulto, cuál es “la edad de la razón” de la que tanto se habla, a partir de cierto momento se espera de nosotros que actuemos como adultos y se juzga nuestra adultez según unos parámetros que son sostenidos por consenso en el ámbito en el que vivimos.
Pero, ¿Hay un momento a partir del cual sólo nos caben conductas “maduras”? ¿Somos un modelo terminado o una obra en avance?
Si un humano se considera “completo”, los errores que comete no son pasos necesarios en el camino del crecimiento, sino definitivas muestras de defectos. La persona debería ser de una forma y es de otra, debería cumplir ciertos requisitos y no los cumple. Si quisiera mejorar, debería pedir perdón por no responder al modelo y esforzarse por rectificar su forma de ser.
Si en cambio concebimos la vida como un proceso de aprendizaje, en el que mediante la interacción con el medio y con otros humanos vamos cambiando constantemente, podemos considerar que siempre seremos aprendices. Desde esta visión, el “ir aprendiendo” no significa ir incorporando cada vez mejor algún modelo de “adultez” predeterminado, sino el ir logrando cada vez mayores niveles de coherencia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. Como no podemos sino capitalizar experiencias, esta coherencia va a ir necesariamente creciendo a lo largo de nuestras vidas, por lo que parece inevitable moriremos algo más sabios de lo que nacimos.
Por otra parte, si como dice William Blake, es quien desea y no actúa quien “engendra la plaga”, hacer el bien no es hacer sólo lo que se supone que corresponde, sino ser lo más fiel posible a los propios llamados. Estar “en construcción” no tendría que ver con estar yendo hacia el “sentar cabeza”, sino con estar cada vez más en contacto con nuestras necesidades.
El reconocimiento de quiénes estamos siendo, quiénes querríamos ser y que distancia hay entre uno y otro punto nos permitiría, al menos, ser cada vez más genuinos. Por añadidura, la certeza de que no podemos ejercer control total sobre nuestro comportamiento, que el manipularnos o violentarnos para hacer lo que creemos que tenemos que hacer no suele dar los resultados esperados, nos permitiría comprender que todos los humanos estamos en situación parecida y nos llevaría a desistir de intentar cambiar a los demás para que sean como nosotros queremos.
Si aplicáramos en la práctica esta idea de “persona en construcción”, quizás no nos veríamos en la necesidad de mostrarnos ante los demás como se supone que tenemos que ser vistos, con lo que podríamos evitar disimulos y justificaciones.
¿Qué pasaría si lleváramos en la frente una “barra de estado” como la que vemos en las pantallas de los equipos de computación, para ofrecer información acerca de qué es lo que puede esperarse de nosotros? La barra informaría acerca del estado del trabajo de crecer que estamos realizando. Si identificáramos en qué punto del indicador estamos, podríamos seguir trabajando desde allí evitando pérdidas de tiempo provocadas por las desilusiones.
Si fuera obvia y pública la medida de nuestro grado de coherencia perderíamos menos tiempo engañándonos y engañando a los demás acerca de para qué cuestiones nos “da el cuero” y para cuáles no.
De todos modos, con barra indicadora o sin ella, “del derecho y del revés, uno solo es lo que es y anda siempre con lo puesto”:“Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.**

Las flores de papel no se desarrollan
Las flores de papel no se desarrollan.
Al igual que los muñecos, que tampoco se desarrollan.
Unas y otros iconizan el logro;
las flores y el resto de los seres, iconizan lo posible.

Rubén León Makinistian



*Jorge Luis Borges
**Joan Manuel Serrat

domingo, 6 de enero de 2008

No se lo digas a nadie...

La única prisa es la del corazón,
la única ofensa es tener testigos.
Silvio Rodriguez


Para tratar asuntos del corazón o de la soledad, al hombre no le gusta el mucho auditorio, le gustan los dos amigos. Si hay diez , hay ocho que sobran y además, la cosa inteligente y de buen tacto, esos ocho saben que sobran y liando su cigarrillo, se van a la puerta sabiendo que ese hombre quiere decir cosas a sus dos amigos y no a sus diez amigos, porque no es audición, es confidencia.
Atahualpa Yupanqui






Parece que no hay forma más rápida de difundir un secreto que pedir a quien se le confía: “no se lo digas a nadie”. Cuando violamos un secreto que nos fue confiado cometemos claramente una infidencia, pero quizás el concepto de infidencia pueda ser utilizado con un alcance más amplio. Cuando alguien nos cuenta algún suceso que considera importante en su vida, ¿es necesario que nos diga: “es un secreto” para que lo consideremos información confidencial? Cuando conocemos instancias de la vida de alguna persona sin que ésta nos las haya confiado personalmente, ¿tenemos libertad para difundirlas?
Si nos enteramos por ejemplo de que alguien conocido tiene una enfermedad terminal , o ha sido víctima de una traición, o tiene un serio inconveniente de dinero, ¿corresponde que lo contemos? ¿podemos contarlo a algunas personas y a otras no? Y si la información que tenemos no es tan importante, ¿tenemos mayor libertad para difundirla?
En una ocasión, alguien que acababa de recibir un diagnóstico médico muy adverso, me dijo con gran pesar que una de las cosas que más le dolía era pensar que de allí en adelante algunas personas iban a usar como tema de conversación su deterioro físico, hablando de ella con lástima. “En realidad van a estar hablando de su propio miedo -me dijo- pero no lo van a aclarar”. Tuve que coincidir con ella y pude imaginarme sin demasiado esfuerzo diálogos en los que alguna gente, creyendo hablar de lo que le estaba pasando a mi amiga hablaría en realidad de su propia forma de tomar la noticia, sin tener la menor idea del significado que para ella tenía cada uno de los momentos que estaba viviendo. Algunos de ellos quizás pensarían que comentar acerca del tema era una forma de solidarizarse con la “víctima”. Pensé en las veces en las que livianamente había hecho comentarios de ese estilo acerca de otras personas, sin reparar en que, aún indirectamente, podía estar perjudicándolas.
En esta como en muchos otras cuestiones, no creo que existan las tablas de la verdad que contengan especificaciones acerca de cuáles temas son difundibles y cuales no, y en qué circunstancias hacerlo o evitarlo. Pero si dudamos acerca de la conveniencia de contar algo, puede ser de utilidad hacerse algunas preguntas. Por ejemplo:
¿Para qué contaría aquí y a esta gente lo que sé de alguien que está ausente?
A esa persona ¿le convendría que esto se supiera?
Si el protagonista estuviera viendo la escena ¿qué efecto le provocaría mi relato?
Si yo fuera el afectado, ¿Me gustaría que esto se estuviera contando?
Creo que si nos respondiéramos sinceramente estas preguntas serían muy pocas las conversaciones que tendríamos acerca de temas inherentes a otras personas. Seguramente no nos quedarían además ganas de “tirar de la lengua ” de nadie para obtener mayor información aunque mas no fuera para ahorrarnos el trabajo de reflexión posterior.
Si lo vemos desde el punto de vista de la privacidad, y siendo que somos tan aficionados a la protección de la propiedad privada, también podría ayudarnos el tomar los datos de la vida de cada persona como suyos, pensar que le pertenecen sólo a ella y concebir su difusión como una forma de robo.
Quizás sintamos que el hecho de tener alguna novedad, o saber algo que los demás no saben y ser quien lo difunde nos de cierta sensación de poder, pero tomando en cuenta que, digamos lo que digamos, no nos es posible hablar sino de nosotros mismos(*), los datos que difundimos acerca de otras personas dicen más acerca del grado de confianza que se puede tener en nosotros que sobre lo que les sucede a terceros.
Si aún indagándonos acerca de la conveniencia o no de hablar, seguimos dudando, podemos utilizar el sabio precepto: “ante la duda abstenerse”, y tratar de concebir que, aunque no haya habido un claro pedido al respecto, cada dato que nos llega acerca de la vida de otras personas lleva, en principio, un mandato implícito que dice: “no se lo digas a nadie.”



(*) Ver el artículo “¿Podemos hablar de los demás?" en este mismo blog.

martes, 4 de diciembre de 2007

"El beso de la muerte"

¿Acaso los maestros saben que llevan consigo el beso de la muerte que torna insípido todo cuanto tocan, y entonces se niegan sabiamente a tocar y enseñar cualquier cosa que posea importancia para la vida real? ¿O es que portan el beso de la muerte porque no se atreven a enseñar nada de importancia para la vida real? ¿Qué es lo que les pasa?
Gregory Bateson

Niño, deja ya de joder con la pelota. Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca…
Joan Manuel Serrat
Este mundo te dirá que siempre
es mejor mirar a la pared...
Charly García

Fue entonces que el desconocido me dijo:
-Mírela bien, ya no la verá nunca más.
Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.
Jorge Luis Borges. El Libro de arena

Existen ciertas semejanzas entre avisar, advertir y amenazar. En los tres casos se trata de prevenir acerca de algo. El diccionario de la Real Academia dice que avisar es "dar noticia de algún hecho", advertir es “avisar con amenazas”, y amenazar, precisamente, es “avisar que se quiere hacer algún mal a alguien”. Si relacionamos los tres significados podríamos encontrar una progresión lineal, de menor a mayor, en el efecto que pueden causar estas acciones. Hasta podría ser difícil encontrar el punto exacto en el que termina una y comienza la otra.
Sin embargo, dependiendo de la forma en que se lleven a cabo, aparecen diferencias significativas en los efectos que estas tres acciones producen.
Alguien nos habla, por ejemplo, de la conveniencia del uso de preservativos para la prevención de enfermedades de transmisión sexual y, dependiendo de la forma en que lo haga, puede pasar que nos suene como una información útil a tener en cuenta o como una prescripción autoritaria que nos incita más a la rebeldía que al cuidado.
Si recordamos muchas de las nociones que aprendimos sobre cuestiones importantes para nuestra supervivencia, como la conveniencia de hábitos saludables, de conductas cuidadosas, costumbres higiénicas, etc. suele suceder que las recordemos con una sensación parecida a la angustia. Nos suelen sonar más como indicaciones opresivas o restrictivas que como consejos útiles, más como advertencias que como avisos o descripciones.
Si lo vemos desde el punto de vista estadístico (estadística: cálculo de cuestiones probables, o sea que pueden suceder o no) es cierto que trabajar es una forma útil de obtener ingresos, que beber y comer con moderación favorece nuestra salud, que el respeto y la tolerancia son operatorias útiles para una convivencia satisfactoria…Pero ¿porqué estos datos nos suenan a sermón y por lo tanto a posible castigo?
Un axioma básico de la comunicación humana dice que los mensajes que intercambiamos tienen un aspecto que tiene que ver con el contenido que transmitimos, y otro aspecto que tiene que ver con lo relacional. Con los gestos, los tonos de voz, la mirada, las palabras que elegimos, nos decimos algo que desde el punto de vista comunicacional, es más importante para nosotros que la información que damos y se refiere a qué es lo que está pasando entre nosotros: si estamos dispuestos a aceptarnos como somos, si estamos o no peleando, si lo que se nos dice, o decimos, es una sugerencia o una imposición. Este segundo aspecto lo percibimos en gran medida con nuestros “sensores” físicos, con sensaciones de restricción, alivio, angustia que aparecen en el cuerpo.
Aplicando este axioma a la cuestión de las diferencias y semejanzas entre aviso, advertencia y amenaza, podríamos reconocer de cuál de ellas se trata según el efecto que nos provocan.
Si recibimos la información acerca de qué nos conviene hacer en relación a alguna cuestión (“Comer bien es importante para la salud”) y podemos tomarla como una opción que puede sernos benéfica, pero nos sentimos con la libertad de evaluarla y luego ponerla en práctica o no, si sentimos que podemos demostrar nuestras dudas, preguntas y opiniones ante quien nos informa y no tenemos que “pagar ningún precio” por eso, si no pensamos que quien nos informa va a evaluar el cumplimiento de su "consejo" de allí en adelante, es muy probable que estemos ante un simple aviso o descripción de una cuestión.
Si mientras nos dicen lo que nos conviene hacer “por nuestro bien” aparece opresión en el pecho, molestias en el estómago, palpitaciones, si sentimos que lo que nos “aconsejan” hacer es nuestra única opción y que si no lo cumplimos algo terrible puede sucedernos, si sospechamos que nuestro “benefactor” va a controlar el cumplimiento de lo “sugerido”, muy probablemente estemos ante una advertencia (“Si no comes te moris… o me muero”), o una amenaza (“Si no comes te mato”). Las amenazas tienen, al menos, la ventaja de que no están disfrazadas de consejos, y lo que nos provocan es , lisa y llanamente miedo.
Es posible que nociones sobre cuestiones que pueden ser útiles para nuestra vida suenen tan restrictivas porque son transmitidas como una forma de control mocionada por el miedo. Cuando advertimos en lugar de contar o describir, transmitimos tácitamente nuestra necesidad de controlar , nos “achicamos el mundo”.
Si nuestro interés es realmente colaborar con el bienestar de los otros, en lugar de portar el “beso de la muerte” del que habla Bateson, quizás sea una opción ofrecer nociones que pueden ser útiles pero sólo como un aporte de datos que cada uno puede usar en el proceso de investigación en que consiste su propia vida.

viernes, 9 de noviembre de 2007

No es mi tema

Yo me celebro y yo me canto,/Y todo cuanto es mío también es tuyo,
/Porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.
Walt Whitman

Enseña el Cristo: a tu prójimo amarás como a ti mismo, mas nunca olvides que es otro.
Antonio Machado


Cada cual tiene un trip en el bocho
…difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo
Charly Garcia








¿Cuál es el alcance y cuáles son los efectos de la expresión: “no es mi tema”? Más aun, ¿cómo saber qué cosas “son mi tema” y cuáles no? ¿Cómo guiarnos para no cometer la tontería de meternos de lleno en asuntos que no son de nuestra incumbencia y estar ausentes de los que realmente necesitan nuestra intervención?
Entre la cita de Whitman: no hay átomo de mi cuerpo que no te pertenezca, y la de Machado: nunca olvides que el prójimo es otro, se describe un mundo que encierra las dos afirmaciones que pueden parecer contradictorias. Los humanos somos sistemas que integramos sistemas, y aunque intentemos aislarnos, tenemos, entre nosotros y con el medio una ligazón indispensable para nuestra supervivencia. Desde esta visión amplia, no habría nada que pudiera no ser “mi tema”. Afectamos y somos afectados permanentemente por todo lo que nos rodea. Lo que nos sobra tiene relación con lo que a otros les falta, (o viceversa), lo que llueve aquí se evaporó de allá… las leyes que gobiernan a los sistemas son implacables, y, como dijera Gregory Bateson, la falta de sabiduría sistémica siempre es castigada.
Aun teniendo en cuenta esta meta idea, en la práctica no podemos hacernos cargo de todo lo que sucede. Incluso en el mundo de las interacciones cotidianas no todas las cuestiones que suceden en nuestro entorno más cercano nos competen, aunque nos sintamos afectados por ellas. Si yo necesito decidir si le digo o no le digo a mi amiga que vi a su marido con otra mujer, ¿es mi tema la violación de un código interno de la relación entre mi amiga y su marido? o ¿cuándo son nuestro tema las cuestiones que les suceden, por ejemplo, a nuestros hijos?
No es posible hacer una lista con la enumeración de las cuestiones que nos conciernen y las que no, entre otras cosas porque eso depende de la forma que cada uno tenga de ver el mundo. Pero quizás la distinción entre cuestiones que corresponde tomar como de interés personal y las que no, y cuál debería ser la intervención en uno o en otro caso, puede que nos vuelva, por lo menos, algo más cuidadosos.
Aparentemente vivimos todos en el mismo mundo, pero cada uno diseña el suyo en virtud de los parámetros que fija, y da un significado propio a sus experiencias, por lo que intervenir en cuestiones de otro no es cosa fácil. Si pensamos en lo difícil que es saber lo que nosotros mismos necesitamos o qué deberíamos hacer con nuestras cuestiones, podemos darnos una idea de las posibilidades que tenemos de acertar cuando de otros se trata. Si coincidimos con la idea de que cada dificultad que se nos presenta puede ser una oportunidad de aprendizaje, interferir en la forma en que otro resuelve sus desafíos ¿no puede significar, además, aportar una demora a su crecimiento?
Estando ante un hecho que no nos atañe directamente, que no está en el área de nuestras responsabilidades y al que no estamos comprometidos a responder, si tenemos dudas acerca de si intervenir o no, podemos guiarnos con algunas preguntas.
La primera: ¿alguien me pidió opinión, consejo o ayuda? En el caso de que nadie nos haya pedido ayuda, la pregunta sería ¿para qué intervendría? ¿para satisfacer una necesidad personal de cumplir un mandato/ mitigar el propio sentimiento de angustia/ sentirme útil…?
Si llegamos a la conclusión de que tenemos la necesidad de intervenir, y queremos satisfacer esta necesidad, podemos preguntar a la persona involucrada si necesita nuestra ayuda. Si nos dice que sí, podemos seguir preguntando acerca de qué tipo de ayuda necesita. Si nos dice que no, un alejamiento respetuoso podría ser lo más útil para todos.
No intervenir no implica solamente no actuar. Seguir inmiscuyéndose en el tema con los pensamientos o fantaseando con posibles acciones, creyendo que si el asunto estuviera en nuestras manos podríamos solucionarlo es también una forma de intervenir.
La consideración “no es mi tema” no significa “no me meto, pero podría hacerlo”. Considerar un asunto como fuera de la propia área de competencia, significa además, el reconocimiento del otro como otro, con sus propios valores y recursos para resolver sus cuestiones, y también el reconocimiento de que sus criterios son tan valiosos como los nuestros, aunque sean diferentes. Y más aún (esto puede ser más difícil si se trata de nuestros hijos), en el caso de que esas decisiones puedan llevarlos a lo que solemos llamar, desde nuestro punto de vista “errores” o “equivocaciones”.
Si una vez que aplicamos el “no es mi tema”, el asunto sigue preocupándonos, tal vez el “envío” de nuestros mejores deseos pueda ser útil . El “envío” puede concretarse en la forma en que cada uno lo conciba, algunos como una oración, como un pedido al “universo”, como un mensaje por si “alguien” lo oye, etc. Si el pedido no logra que la situación se resuelva de la mejor manera (si es que alguien puede saber cuál es la mejor manera en que puede resolverse una situación), al menos puede servir para calmar nuestra propia ansiedad.





lunes, 8 de octubre de 2007

Con el mazo dando...y a Dios inventando





Nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena.... J. L. Borges

El desatino controlado no es un engaño en sí, sino un modo sofisticado y artístico de separarse de todo sin dejar de ser una parte integral de todo. Don Juan Matus.





¿Podemos correr para llegar a tiempo al trabajo aún con la íntima sospecha de que el tiempo es una ilusión?, ¿Podemos estar comprándonos una casa sin olvidar que toda forma de propiedad es ilusoria?, ¿Podemos guiarnos por nuestras necesidades individuales, concientes de que sólo podemos funcionar complementándonos con los demás?
Por más que Copérnico descubriera que no somos el centro del universo, para nosotros el sol sigue “saliendo”. A pesar de que sepamos que los átomos son sólo un minúsculo punto de materia realmente densa rodeado de una nube confusa de electrones que aparecen y desaparecen de la existencia, seguimos apoyando los platos sobre la mesa teóricamente vibratoria (y no se caen) . Cuando los físicos buscan la unidad más pequeña de constitución del universo, lo que encuentran es "una conciencia abstracta pura que sube en ondas de vibración", pero aún así, y por suerte, existe el choripan que es algo concreto y se deja morder.
Aunque podamos llegar a concebir la existencia de un Todo del que holográficamente formamos parte, para operar en la vida cotidiana las viejas hipótesis nos resultan muy sensatas a veces.
Desde el punto de vista de la epistemología, es posible ver/ concebir el mundo de una forma lineal, “disociativa” o de una forma circular , sistémica o “integradora” (*). Si vemos en una forma lineal, concebimos ante todo separación, entre nosotros y los otros, el adentro y el afuera, lo físico y lo mental. Planteamos pares de opuestos: es esto o es aquello. Defendemos nuestro “yo” separado y creemos que hay verdades. Exaltamos la lógica, el pensamiento racional y la existencia de pasado y futuro.
Si concebimos de forma integradora, consideramos que todo es proceso, que la causalidad es circular, y que nuestro “yo” es parte entre las partes. Tratamos de utilizar lo mínimo de cerebro izquierdo, “pensar” lo menos posible, o de la forma más eficaz posible para poder coordinar razón e intuición. Relativizamos la noción de tiempo.
¿Cómo puede resolverse la paradoja de ver al mismo tiempo lo sólido y lo vibratorio, lo intuitivo y lo racional, la parte y el todo? ¿Se pueden concebir a la vez la visión lineal del mundo y el paradigma circular y recursivo o una de las epistemologías necesariamente proscribe la otra?
Si se considera a la visión lineal como sólo una parte de la visión integradora que la abarca, se puede concebir que lo que puede aparecer como un par de opuestos simétricos puede ser integrado en una unidad superior. Lo que se presenta como “esto” o “aquello” puede verse formando parte de una relación complementaria en la que se superponen diferentes niveles de recursión.
Si nos interesa que nuestra visión del mundo, -que siempre estará en un punto situado entre las dos formas de ver- se expanda, este recurso clasificatorio que nos permite el lenguaje puede ayudarnos.
Si nos planteamos disyuntivas como por ejemplo: ¿razón o intuición?, utilizando este recurso podemos pensar en un tipo de pensamiento racional, útil para operar, pero funcionalizado y ordenado de forma que favorezca la comprensión intuitiva, que a su vez, favorecerá el desarrollo de un pensamiento útil…
Si nos preguntamos: ¿es posible o no tener alguna certeza? Podemos ver que para actuar cotidianamente necesitamos utilizar, aunque sea a modo de herramientas, ideas que para nosotros funcionen como verdades. Al mismo tiempo podemos concebir que, siendo que el observador modifica lo observado, no podemos dar cuenta del mundo, sino sólo de nuestra relación con él. Si como observadores estamos cambiando constantemente, sería muy difícil concebir certezas o verdades que no puedan ser relativizadas. Esta concepción puede volver sobre nuestras “pequeñas certezas cotidianas” modificando nuestro interés de defenderlas al punto de pelear por ellas...
Si pensamos: ¿Primero yo o primero los otros? podemos considerar que, aunque en principio sólo podemos dar cuenta de nuestras propias necesidades, aun sin postergarlas podemos observar nuestra conducta a la luz de la metaidea de que nos conviene a todos coordinarnos para potenciarnos, y el resultado de esa potenciación puede resultar en una mayor satisfacción a nuestras propias necesidades o en un cambio en nuestra forma de necesitar...
Así como el “angostamiento” tiene que ver con la angustia, la práctica de esta doble mirada, al permitirnos ampliar la visión/construcción del mundo, puede tener efectos satisfactoriamente vitalizadores sobre nuestra forma de vivir.

(*) la idea de que pueden concebirse una epistemología disociativa y una epistemología integradora pertenece al corpus hipotético de la materia “Comunicación Humana y Sistemas Humanos” y está desarrollada en el artículo: “Implicaciones pragmáticas de la epistemología sistémica”, en Recorrido de ideas, 1984/1990 de Rubén León Makinistian.